
Introducción
Hay días que empiezan como cualquier otro y terminan marcándote para siempre. Ese día yo solo andaba haciendo una diligencia, de esas rutinarias que uno hace sin pensar. No tenía idea de que en unos minutos iba a vivir algo que jamás imaginé que pasaría en Panamá. Hoy quiero contarles cómo viví el terremoto, con lo que sentí, con lo que vi y con lo que se me quedó adentro.

Lo que viví
Era el viernes 9 de octubre, las 12:55 del mediodía. Estaba en el Banco General de la Terminal de Albrook cuando, de repente, escuché que las vitrinas se movían muy fuerte. Lo primero que pensé fue que era algo de arriba, que quizás estaban pasando los buses por el piso de encima. Uno siempre busca la explicación más lógica, la que no asusta.
Pero entonces escuché a una señora decir que eso era un sismo.
Ahí cambió todo. Salí corriendo buscando un lugar donde cubrirme, pero no había nada. Me detuve, miré hacia el techo y el temblor se puso todavía más fuerte. Les juro que en ese momento no sabía qué hacer. Entonces vi a una pareja que se dirigía hacia el exterior de la terminal y corrí con ellos, sin pensarlo mucho. Al salir vi a muchísima gente corriendo en todas direcciones, y había personas llorando. Era una escena que no se me va a olvidar.
Cuando por fin pude respirar un poco, lo primero que hice fue llamar a mi mamá. Me dijo que estaba bien. Estaba con mi papá, quien la había levantado de la cama, y ella lloraba del susto. Mientras hablábamos me entró la llamada de mi hermano. Tuve que interrumpir a mi mamá un momento para preguntarle cómo estaba. Me dijo que se encontraba en la provincia de Coclé, en Penonomé, y que allá también se había sentido fuerte. Yo le conté que aquí en la capital había sido durísimo. Le pedí que llamara a mi mamá para que se tranquilizaran entre todos.
Después llamé a una amiga que vive en un apartamento bien alto, porque me preocupaba cómo la habría pasado allá arriba. Me dijo que todo estaba bien, y la verdad es que me quitó un peso de encima.
Pero el día no terminaba ahí. Cerraron el metro y de pronto no había cómo moverse. Las calles estaban llenas de gente esperando un bus, y los buses que pasaban iban repletos. Yo logré subirme a uno a la 1:30 de la tarde y llegué a mi casa a las 4:30. Tres horas para un trayecto que normalmente no toma tanto. Y pensaba en que muchos panameños ni siquiera tuvieron esa suerte, y les tocó caminar un largo camino hasta llegar a sus casas.
Conclusión
Ese fue un día triste para mí y para todos los panameños. Crecimos pensando que en Panamá nunca iba a pasar algo así, que los terremotos eran cosa de otros países. Pues ese día aprendimos lo contrario.
Me quedo con varias cosas: con el miedo, sí, pero también con la gente que corrió junto a mí sin conocerme, con las llamadas para saber si los nuestros estaban bien, y con la solidaridad de una ciudad entera tratando de volver a casa. Ojalá este susto nos sirva para estar más preparados, para saber dónde refugiarnos y qué hacer cuando la tierra se mueva otra vez.
Y ustedes, ¿dónde estaban cuando ocurrió? Cuéntenmelo en los comentarios. Todas las historias importan.