Lo que sentí cuando Venezuela tembló “y nadie estaba listo para eso”

 

Little damage reported from strong quake in Venezuela | PBS News

La verdad, todavía me cuesta creer lo que pasó. Yo estaba en mi casa un 24 de junio 2026 hora 6:00pm, tranquilo, haciendo nada en particular, cuando de repente el piso empezó a moverse y por un segundo pensé que era un camión pasando cerca o algo así. Pero no, era el terremoto. Y ahí fue cuando me di cuenta de que esto no era normal, porque en Venezuela uno no crece pensando en terremotos. O sea, uno crece escuchando de inundaciones, de deslaves en la época de lluvia, pero ¿temblores fuertes? Eso casi nunca se menciona.

Y eso es justo lo raro de todo esto. Venezuela no está en una de esas zonas que uno conoce como “zona sísmica” famosa, como México o Chile, donde la gente ya sabe qué hacer porque les ha tocado mil veces. Aquí no. Aquí la gente se queda viendo para todos lados sin saber si meterse debajo de una mesa, salir corriendo a la calle, o quedarse quieto rezando que pase rápido. Yo, sinceramente, no supe qué hacer los primeros segundos. Me quedé como congelado mirando cómo se movía la lámpara del techo, fue una locura.

Después, cuando ya pasó, empecé a ver los mensajes en el celular. Todo el mundo preguntando lo mismo: “¿sentiste eso?”, “¿qué fue eso?”, “¿temblor o qué?”. Y es que ni el lenguaje que usamos está hecho para esto. La gente no decía “terremoto” de entrada, decía “temblor”, como restándole importancia, porque mentalmente cuesta aceptar que sí, fue un terremoto, y que sí, puede pasar otra vez.

Lo que más me marcó, la verdad, fue ver cómo reaccionó la gente mayor. Mi abuela, que tiene más de setenta años, me dijo que en toda su vida nunca había sentido algo así con esa fuerza. Y eso dice mucho. No es que Venezuela nunca haya tenido sismos —técnicamente el país sí está cerca de algunas fallas geológicas, eso lo busqué después porque quería entender por qué pasó esto— pero uno fuerte, de esos que se sienten de verdad, que mueve cosas, que asusta, eso sí que no es común. Y por lo mismo, casi nadie tiene un plan. No hay esa cultura de “punto de encuentro” o “debajo del marco de la puerta” como en otros países. Aquí improvisamos en el momento, y se nota.

Una cosa que pensé después, ya con la cabeza más fría, es que este tipo de eventos también dejan ver lo poco preparada que está la infraestructura para algo así. No hablo de que las casas se vayan a caer todas, no, pero sí de que mucha gente ni siquiera sabe si su edificio está construido pensando en sismos. Eso da para pensar, la verdad, da para pensar bastante.

Al final, lo que quedó fue eso, una mezcla de susto, sorpresa y como un despertar colectivo de “oye, esto también nos puede pasar a nosotros”. Capaz no se repite en años, capaz sí. Pero por lo menos ahora hay más gente hablando del tema, buscando información, preguntando qué hacer si vuelve a pasar. Y eso, sea como sea, ya es algo.

Si me preguntan a mí, espero no volver a sentir eso pronto. Pero si pasa, por lo menos ya no me va a agarrar tan en blanco como esta vez.

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