Un lunes que Colombia no va a olvidar: así fue el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió al país
Última actualización: 17 de agosto de 2026, con base en el boletín más reciente de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), del 15 de agosto.
Eran las 7:34 de la mañana de un lunes cualquiera. En Cali, Pereira y Manizales miles de personas ya iban camino al trabajo o dejaban a sus hijos en el colegio. En Quibdó y en el pequeño municipio de San José del Palmar, en pleno Chocó, el día apenas comenzaba con la calma habitual de la selva. Nadie imaginaba que en los segundos siguientes el suelo iba a moverse como pocas veces lo había hecho en la historia reciente del país.
Lo que vino después fue una sacudida que muchos describieron como interminable. Puertas que golpeaban, vasos que caían de las alacenas, edificios que crujían y, en algunos casos, terminaban colapsando con gente adentro. El sismo, de magnitud 7,4, tuvo su origen en el departamento del Chocó, pero su fuerza llegó mucho más lejos: se sintió en Bogotá, en Medellín, en el Eje Cafetero y también fuera de las fronteras colombianas, en Venezuela, Ecuador y Panamá.
Once días después, Colombia sigue contando sus pérdidas. Las cifras de fallecidos, heridos y desaparecidos han seguido subiendo día tras día mientras avanzan las labores de búsqueda, y el país entero —desde las autoridades hasta comunidades enteras que se organizaron para ayudar a sus vecinos— sigue tratando de entender la dimensión de lo ocurrido.
¿Cuándo ocurrió el terremoto?
10 de agosto de 2026 — Fecha del sismo 7:34 a. m. — Hora local en que ocurrió 7,4 — Magnitud del terremoto
El terremoto se registró la mañana del lunes 10 de agosto de 2026, a las 7:34 a. m., hora local, según confirmó el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS). El Servicio Geológico Colombiano (SGC) coincidió con esa hora, aunque en un primer momento entregó una magnitud preliminar de 6,6, cifra que fue corregida a 7,4 tras cotejarla con los datos internacionales.
Según el análisis técnico posterior del SGC, la ruptura del sismo tuvo una duración media de 12,5 segundos, pero la sensación de movimiento en superficie se prolongó bastante más, sobre todo en las ciudades del interior. No es casualidad que muchos testigos hayan descrito el temblor como algo que pareció “una eternidad”: el modelo ShakeMap del USGS estimó una intensidad máxima de VII (Muy Fuerte) en la escala de Mercalli Modificada, con una zona de percepción inusualmente amplia para un sismo de este tipo.
¿Dónde estuvo el epicentro?
El epicentro se localizó a unos 5 kilómetros al este de San José del Palmar, un municipio de apenas unos 4.800 habitantes en el departamento del Chocó, a unos 400 kilómetros al oeste de Bogotá. La profundidad es uno de los pocos datos en los que las fuentes no coinciden del todo: el USGS la calculó en alrededor de 107 kilómetros, mientras que el SGC la situó entre 96 y 120,5 kilómetros, dependiendo del reporte.
Esa profundidad relativamente alta —se trata de un sismo de foco intermedio, no superficial— ayuda a explicar por qué, pese a su enorme magnitud, los daños en superficie fueron algo menos severos de lo que suele verse en terremotos similares pero más superficiales. Aun así, la energía liberada fue extraordinaria: el propio SGC señaló que el momento sísmico fue 25 veces mayor que el del Chocó de 1995 y 150 veces más alto que el del Eje Cafetero de 1999.

El sismo se sintió en prácticamente todo el territorio colombiano y también cruzó fronteras. En Panamá, las vibraciones se prolongaron entre 40 segundos y un minuto en el Darién y la comarca Guna Yala, zonas fronterizas con Colombia, según el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá. Ecuador y Venezuela también reportaron el movimiento, aunque sin daños de gravedad.
Las ciudades que sintieron con fuerza el terremoto
¿Dónde se sintió con mayor fuerza? Aunque el epicentro estuvo en una zona rural de Chocó, las ciudades que terminaron pagando el costo más alto en vidas humanas fueron otras, más pobladas y más alejadas del punto exacto del sismo.
Cali se convirtió en la ciudad con el balance más crítico del país. Según el reporte de la Asociación Colombiana de Ciudades Capitales (Asocapitales) del 14 de agosto, la capital del Valle del Cauca registraba 105 personas fallecidas, 1.401 heridas y 115 desaparecidas, además de 107 viviendas colapsadas y 800 averiadas. El alcalde Alejandro Eder describió edificios agrietados por toda la ciudad y el uso de drones para rastrear zonas de difícil acceso.
Pereira, en Risaralda, fue otro de los epicentros del sufrimiento. La ciudad reportó decenas de muertos y edificaciones colapsadas, entre ellas construcciones en pleno centro. La emergencia fue tan grande que el gobernador de Risaralda, Mauricio Salazar Peláez, decretó un toque de queda “para evitar saqueos” en el centro de la ciudad, en la Comuna Universidad y en el subsector Cuba. Días después, la Alcaldía de Pereira restringió la circulación de vehículos particulares para facilitar las labores de emergencia.
Manizales sufrió daños patrimoniales importantes: una de las torres de su catedral resultó gravemente afectada, uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad.
Quibdó, capital de Chocó, la más cercana al epicentro, reportó heridos y daños graves en edificaciones. La gobernadora del departamento, Nubia Carolina Córdoba-Curi, alertó desde el primer momento sobre el riesgo de réplicas.
Buenaventura, el municipio de Sipí y el propio San José del Palmar también quedaron entre las zonas más golpeadas de Chocó, aunque por su menor población sus cifras absolutas de víctimas son más bajas que las de las grandes ciudades.
En Bogotá, Medellín, Popayán y Armenia el temblor se sintió con fuerza suficiente para provocar evacuaciones preventivas de edificios, aunque sin reportes de daños estructurales graves.
[Espacio sugerido para imagen: fotografía de rescatistas trabajando entre los escombros de un edificio colapsado en Pereira o Cali, con crédito de agencia.]
Los daños que dejó el terremoto
¿Qué ocurrió después del primer movimiento? A medida que pasaron las horas y los días, el balance oficial no dejó de crecer. Es importante decirlo con claridad: las cifras han cambiado varias veces desde el lunes 10 de agosto, y probablemente sigan cambiando. Este es el resumen de cómo evolucionó el conteo:
- 10 de agosto (noche): 132 fallecidos y 570 heridos, según el entonces recién posesionado presidente Abelardo de la Espriella.
- 11 de agosto: 211 muertos, más de 1.200 heridos y 220 desaparecidos.
- 12 de agosto: 224 muertos, con afectaciones confirmadas en 13 departamentos.
- 15 de agosto (última cifra consolidada por la UNGRD): 294 personas fallecidas, 320 desaparecidas y 3.935 heridas, con 353 personas rescatadas con vida entre los escombros.
Según ese mismo boletín del 15 de agosto, el terremoto dejó 54.008 familias afectadas, equivalentes a 115.461 personas, distribuidas en 448 municipios de 15 de los 32 departamentos del país. En cuanto a infraestructura, 14.493 viviendas quedaron destruidas y otras 81.506 sufrieron algún tipo de daño, mientras que 66 edificios colapsaron por completo, la mayoría de ellos en Cali y Pereira.
El golpe también llegó al patrimonio cultural: al menos 22 bienes patrimoniales del país resultaron con daños severos, entre ellos la catedral de Manizales.
Del lado internacional, Panamá no reportó muertos ni daños materiales de consideración, aunque sí evacuaciones preventivas de hospitales, escuelas y edificios en el Darién, la comarca Guna Yala y hasta en la propia Ciudad de Panamá, donde se desalojaron instalaciones de salud como la policlínica Santiago Barraza, en La Chorrera.
[Espacio sugerido para imagen: fotografía de una vivienda o calle con daños estructurales visibles en alguna de las ciudades afectadas.]
La historia detrás de las cifras
Detrás de cada número hay una familia, una casa, una historia que quedó partida en dos. En el barrio Cuarto de Legua, en Cali, el edificio María Alvira se vino abajo con la familia Saavedra Caicedo adentro. Seis horas después del derrumbe, los cuerpos de Jairo Hernán Saavedra, su esposa Blanca Victoria Caicedo y su hija Sofía fueron hallados sin vida entre los escombros. Ana María, la única sobreviviente de las trillizas Saavedra Caicedo, quedó internada en la unidad de cuidados intensivos de la Clínica Imbanaco.
En Bahía Solano, un pueblo costero cercano al epicentro, la tragedia tocó de cerca a las propias autoridades locales: Mateo Valencia, de apenas seis años, hijo del alcalde Jairson Leonel Valencia, murió cuando su casa colapsó durante el sismo. “La partida de Mateo entristece profundamente a nuestra institución y a todo el municipio”, dijo el gobierno local en un comunicado. Decenas de vecinos se reunieron esa misma noche en una vigilia a la luz de las velas para despedirlo.
Historias como esas se repitieron, con distintos nombres, en Pereira, en Quibdó, en Manizales. Videos grabados por cámaras de seguridad y por los propios ciudadanos mostraron el instante exacto en que edificaciones cedieron sobre vehículos detenidos en el tráfico, mientras conductores y peatones corrían para ponerse a salvo. Al mismo tiempo, en redes sociales y en las calles, se multiplicaron las escenas de vecinos que, sin esperar a los equipos oficiales, se lanzaron a remover escombros con sus propias manos para intentar rescatar a quienes quedaron atrapados.

¿Cómo respondieron las autoridades?
El gobierno nacional, encabezado por el recién posesionado presidente Abelardo de la Espriella, declaró la situación como desastre y emergencia nacional apenas horas después del sismo, lo que le permitió movilizar recursos y activar protocolos de ayuda humanitaria desde el primer día. Las labores de búsqueda y rescate se concentraron especialmente en Cali y Pereira, donde equipos con perros entrenados, drones y maquinaria pesada trabajaron contra el reloj para ubicar a personas atrapadas entre los escombros.
La respuesta internacional no se hizo esperar. Estados Unidos anunció 15,5 millones de dólares en asistencia de emergencia y activó un Equipo de Respuesta y Asistencia ante Desastres (DART) con expertos humanitarios. México y Naciones Unidas también ofrecieron apoyo, a la espera de la solicitud formal del gobierno colombiano para coordinar su envío. El embajador de China en Colombia, Zhu Jingyang, pidió públicamente que el país definiera cuanto antes un canal oficial para canalizar la ayuda internacional.
A nivel local, ciudades como Pereira debieron tomar medidas adicionales para mantener el orden durante la emergencia, como el toque de queda decretado para evitar saqueos y, días más tarde, restricciones a la circulación de vehículos particulares para agilizar el paso de ambulancias y brigadas de rescate.
Las réplicas y el temor después del terremoto
El miedo no terminó con el primer movimiento. Según el Servicio Geológico Colombiano, hasta la noche del viernes 14 de agosto se habían registrado 256 réplicas, 17 de ellas con magnitud superior a 3,0 y dos por encima de 4,0. La madrugada del jueves 13 de agosto, por ejemplo, se sintió un sismo de magnitud 2,8 con epicentro en El Litoral del San Juan, en Chocó, uno más de la larga serie de movimientos posteriores al terremoto principal.
Las autoridades han insistido en que las réplicas seguirán ocurriendo durante días o semanas, algo normal después de un sismo de esta magnitud, y han pedido a la población mantener las medidas de precaución: no regresar a viviendas con daños estructurales sin autorización, tener a mano un kit de emergencia y seguir los canales oficiales de información para evitar el pánico generado por rumores.
De hecho, en medio de la desinformación que suele acompañar este tipo de tragedias, circularon publicaciones en redes sociales que atribuían el terremoto a HAARP, un programa científico estadounidense dedicado a investigar la ionósfera mediante ondas de radio. No existe evidencia científica de que esa tecnología pueda provocar terremotos: los sismos, como el del 10 de agosto, responden a la liberación de energía acumulada por el movimiento de placas tectónicas y fallas geológicas, un proceso ajeno por completo a ese tipo de investigaciones.
Un país que intenta volver a la normalidad
Once días después del terremoto, Colombia sigue en dos tiempos: el de la urgencia, con equipos que todavía buscan a los 320 desaparecidos que reporta el último balance, y el de la reconstrucción, que apenas empieza a asomar en ciudades como Pereira y Cali, donde miles de familias tendrán que rehacer su vida desde cero.
Lo que queda, más allá de las cifras, es la manera en que un país entero —y también sus vecinos, desde Panamá hasta Ecuador— reaccionó frente a la tragedia: con vigilias, con colectas, con artistas que abrieron fondos de ayuda para las comunidades afectadas y con miles de personas anónimas que, sin que nadie se los pidiera, salieron a ayudar a quienes tenían al lado. Es un recordatorio de algo que Colombia ya sabía por experiencia propia, desde el Chocó de 1995 hasta el Eje Cafetero de 1999: que la geografía del país seguirá temblando de vez en cuando, y que la mejor respuesta frente a eso no es solo la ayuda de emergencia, sino la prevención constante, la construcción segura y la memoria de lo vivido.
